Seguramente ahora él está dormido
asfixiado en su "reino hundido", asfixiado en su alarido noctámbulo
pero dormido
ahogado en sus respiraciones agitadas que seguro resuenan más fuerte
aúllan más fuerte con el crujir de mis puños atrapando el vacío.
Seguramente más perturbados viajan sus sueños
seguro más rápido si me agota el tormento, seguro se elevan si voy en picada.
Seguro en su descansar pleno no existen mis siete fantasmas
mi ruta asesina, mis puentes en ruinas.
Seguro no escuchará mis gritos,
no lo despertarán mis vómitos coléricos de madrugada
seguro tampoco mis
golpecitos en su ventana, ni los
piedrazos hasta su almohada
porque en ella sólo se posan golondrinas, un par de papelillos, una caja de cigarrillos
en ella sólo suena el recuerdo de una lluvia, una vieja lluvia añeja
añeja como sus manos, como sus alcoholes.
En ella sólo suenan letras escritas con otras sangres;
con la sangre derramada por una mujer de pies descalzos y pólvora en las plantas.
con olor a huesos infinitos
con los pechos esculpidos y escupidos por fusiles
una mujer maniatada a una verdad de manos invisibles, de dioses
hipócritas y memorias ancestrales;
letras escritas con sangre de pájaro derramada un amanecer de septiembre
un despertar de primavera negra, de tantas negras primaveras;
en su almohada sólo suenan letras escritas con sangre de
cadáveresde árboles gigantes
de pasados insistentes y tragos volátiles.
Todo en la lista menos mi sangre
menos mi
cadáver arrastrado, azotado contra el pavimento.
Él debe estar dormido, de eso estoy segura
no sé si con culpas, sólo dormido, sofocado dormido
tumbado sobre mi mutismo,
aplastando el tiempo detenido para mí este instante.
Ausente de todo.
Y ella me regaña, pero yo no tengo balanza, tengo sólo un amor impávido, y él mi escapatoria, y todo el peso en la balanza.
Debe estar dormido, sin pensar en mis miedos,
sin sospechar de mi compañía transparente en su pecho,
tendida sobre la ausencia dolida de su pecho.
Sólo dormido
y yo
transeúnte en los pasillos de mi hogar sin resplandor, subo bajo la escalera, ebria, embriagada de soledades y distancias
insoportables que me carcomen dentro,
abuso de mi circunstancia y el café ya no lo siento.
Antes de que despabile el reloj nuevamente,
antes del fulgor, antes de las siete, decido apagar mis faroles húmedos, empañados
mientras él cierra su ojos, cansados, gastados que no me miran.
Que no se desvelan por los míos.
NO SOMOS NADA.