Relojes desquisiados, ruidosos, ligeros.
Relojes de cenizas rojas
rabiosos, candentes, volátiles.
Relojes veloces, furiosos,
me caen desde el techo y se detienen
con el corazón en ascuas
como si las cenizas se negaran a esfumarse
como si el tiempo se hubiese detenido.

(como si me prohibieses desaparecer tu risa entre las hojas de mi calendario)

(Me guardé lo mejor de tus cenizas en el bolsillo)


Intenté frenarlo pero no quiso oírme. Corrió tras él atravesando la cortina de palos viejos,
sosteniendo entre las manos la botella que guardaba para darle en navidad.
Pero él ni siquiera volteó a mirarlo, ni siquiera volteó a despedirnos con la mirada. Entonces se detuvo, rendido, con los pies desbaratados, turbado, confuso y afirmando sus pequeñitos hombros lo atraje hacia mí y lo apreté contra mi seno, al tiempo que apretaba el suyo al cristal verde, con los ojos brillantes, viendo como la silueta de su padre se desintegraba al cruzar la esquina.
Se oía nuestra respiración mutilada en un abrazo incendiado en sollozos, pero yo discreta camuflaba mis quebrantos en un "te amo" con voz seca, a punto de romperme la garganta cuando puso la ternura de sus labios sobre mis mejillas, me cogió la mano y caminamos en silencio bajo un cielo violáceo y un sol que se hacía cada paso más encubierto entre las calles desiertas y la brisa sureña que nos conducía de regreso a casa. A esa casa que al entrar en ella se volvió gigante y fría.
Demasiado grave y pesada sobre mi espalda.
Ignoré el escalofrío y lo acompañé hasta su habitación. Le besé la frente. Hasta mañana pequeño. Lo besé de nuevo.
Y antes de cerrar la puerta y quitarse los zapatos, posó un momento su fragilidad latente en el espejo, clavándolo de dudas cándidas e incertidumbres infantiles.
Yo encogí el vientre y mordiéndome los labios le atendí el primer susurro sin palabras..
"No te vayas.
..No te vayas ..."

Seguramente ahora él está dormido
asfixiado en su "reino hundido", asfixiado en su alarido noctámbulo
pero dormido
ahogado en sus respiraciones agitadas que seguro resuenan más fuerte
aúllan más fuerte con el crujir de mis puños atrapando el vacío.
Seguramente más perturbados viajan sus sueños
seguro más rápido si me agota el tormento, seguro se elevan si voy en picada.
Seguro en su descansar pleno no existen mis siete fantasmas
mi ruta asesina, mis puentes en ruinas.
Seguro no escuchará mis gritos,
no lo despertarán mis vómitos coléricos de madrugada
seguro tampoco mis golpecitos en su ventana, ni los piedrazos hasta su almohada
porque en ella sólo se posan golondrinas, un par de papelillos, una caja de cigarrillos
en ella sólo suena el recuerdo de una lluvia, una vieja lluvia añeja
añeja como sus manos, como sus alcoholes.
En ella sólo suenan letras escritas con otras sangres;
con la sangre derramada por una mujer de pies descalzos y pólvora en las plantas.
con olor a huesos infinitos
con los pechos esculpidos y escupidos por fusiles
una mujer maniatada a una verdad de manos invisibles, de dioses hipócritas y memorias ancestrales;
letras escritas con sangre de pájaro derramada un amanecer de septiembre
un despertar de primavera negra, de tantas negras primaveras;
en su almohada sólo suenan letras escritas con sangre de cadáveres
de árboles gigantes
de pasados insistentes y tragos volátiles.
Todo en la lista menos mi sangre
menos mi cadáver arrastrado, azotado contra el pavimento.
Él debe estar dormido, de eso estoy segura
no sé si con culpas, sólo dormido, sofocado dormido
tumbado sobre mi mutismo,
aplastando el tiempo detenido para mí este instante.
Ausente de todo.
Y ella me regaña, pero yo no tengo balanza, tengo sólo un amor impávido, y él mi escapatoria, y todo el peso en la balanza.
Debe estar dormido, sin pensar en mis miedos,
sin sospechar de mi compañía transparente en su pecho,
tendida sobre la ausencia dolida de su pecho.
Sólo dormido
y yo transeúnte en los pasillos de mi hogar sin resplandor, subo bajo la escalera, ebria, embriagada de soledades y distancias insoportables que me carcomen dentro,
abuso de mi circunstancia y el café ya no lo siento.
Antes de que despabile el reloj nuevamente,
antes del fulgor, antes de las siete, decido apagar mis faroles húmedos, empañados
mientras él cierra su ojos, cansados, gastados que no me miran.
Que no se desvelan por los míos.

NO SOMOS NADA.

Yo creía en dios, yo creía en tantas cosas que nunca me salvaron, yo sé que lo sabes, pero yo quise escapar torero, juro que quise, tomé tus manos y creí en dios nuevamente, en un dios que estaba dentro mio, y me creí indestructible, me creí vencedora, corté las cadenas que me ataban de puños y lengua, las lancé a un abismo, y quise salvarte a ti, pero dejé que te perdieras en los mismos parques que me consumieron. Y ahora el viento torero, el viento asesino destruyó mi castillo de arena, vino con cruces y clavos a sentenciar al dios que vivió dentro mío, vino con su ejército a fusilarme y a todos los de mi sangre, pero a mí doblemente torero, me apuntó por dos lados. Torero y también trajo bombas, quemó mi cielo, el único compañero de soledades que besaba a este techo torero, y me dejo aquí donde me tienes ahora
con las manos repletas de nuevo,
repletas de nostalgias y sueños truncos igual que cuando te aferraste a ellas incondicionalmente

y yo quería salvarte,
secar mágicamente tus ojos y salvarte
pero ni siquiera los mios fui capaz de secar.

Tengo miedo torero.

3 de diciembre de 2008 14:31

Yo no estaba. Lo que había eran huesos y dedos marchitos. Un libro al que le arrancaron sus páginas finales, y quizás las del medio. Un rostro que retrató mi torero anclando la mirada vacía que cuelga de mis paredes.
Lo que había eran llantos ahogados en una copa negra,
deseos truncos y promesas atrapados en el ojo obsceno de una cámara.
Ni siquiera mi voz estaba,
para ese entonces divagaba en algún oscuro rincón gritando su nombre,
persiguiendo la estela de quien insitía en buscarme en otros labios,
renegar mi tiempo,
escapar y volver nuevamente.
Yo ya no estaba, ya no existía y de pronto alguien invadió mi espacio,
no estaba pero me desconcertó su desquiciada libertad.
Y quise volar junto a él, huir de este puerto flemático
con sus alas de ángel, con su vuelo gaviota.
Corrí, huí tantos kilómetros para lanzarme al vacío de sus noches,
y vi sus ojos adueñarse de los míos en una esquina desconocida,
hombre habitante de mis sueños,
poeta al que escuchaba en calles clandestinas,
mi amante imposible, fugaz y eterno.
Ladrón del primer día, del resto de mis días.

Hoy, sigo en el mismo espacio de siempre, el mismo que el reloj aniquila hace años. Las mismas paredes cargadas de nostalgia e infamia. La casa vacía.

Me paro, camino, me siento al borde del camino, y recuerdo entre sueños tu aroma a tabaco, tus labios salvarme.
Tan lejos tus manos de las mías,
me desvanezco y no puedo respirarte.