Yo no estaba. Lo que había eran huesos y dedos marchitos. Un libro al que le arrancaron sus páginas finales, y quizás las del medio. Un rostro que retrató mi torero anclando la mirada vacía que cuelga de mis paredes.
Lo que había eran llantos ahogados en una copa negra,
deseos truncos y promesas atrapados en el ojo obsceno de una cámara.
Ni siquiera mi voz estaba,
para ese entonces divagaba en algún oscuro rincón gritando su nombre,
persiguiendo la estela de quien insitía en buscarme en otros labios,
renegar mi tiempo,
escapar y volver nuevamente.
Yo ya no estaba, ya no existía y de pronto alguien invadió mi espacio,
no estaba pero me desconcertó su desquiciada libertad.
Y quise volar junto a él, huir de este puerto flemático
con sus alas de ángel, con su vuelo gaviota.
Corrí, huí tantos kilómetros para lanzarme al vacío de sus noches,
y vi sus ojos adueñarse de los míos en una esquina desconocida,
hombre habitante de mis sueños,
poeta al que escuchaba en calles clandestinas,
mi amante imposible, fugaz y eterno.
Ladrón del primer día, del resto de mis días.
Hoy, sigo en el mismo espacio de siempre, el mismo que el reloj aniquila hace años. Las mismas paredes cargadas de nostalgia e infamia. La casa vacía.
Me paro, camino, me siento al borde del camino, y recuerdo entre sueños tu aroma a tabaco, tus labios salvarme.
Tan lejos tus manos de las mías,
me desvanezco y no puedo respirarte.
Lo que había eran llantos ahogados en una copa negra,
deseos truncos y promesas atrapados en el ojo obsceno de una cámara.
Ni siquiera mi voz estaba,
para ese entonces divagaba en algún oscuro rincón gritando su nombre,
persiguiendo la estela de quien insitía en buscarme en otros labios,
renegar mi tiempo,
escapar y volver nuevamente.
Yo ya no estaba, ya no existía y de pronto alguien invadió mi espacio,
no estaba pero me desconcertó su desquiciada libertad.
Y quise volar junto a él, huir de este puerto flemático
con sus alas de ángel, con su vuelo gaviota.
Corrí, huí tantos kilómetros para lanzarme al vacío de sus noches,
y vi sus ojos adueñarse de los míos en una esquina desconocida,
hombre habitante de mis sueños,
poeta al que escuchaba en calles clandestinas,
mi amante imposible, fugaz y eterno.
Ladrón del primer día, del resto de mis días.
Hoy, sigo en el mismo espacio de siempre, el mismo que el reloj aniquila hace años. Las mismas paredes cargadas de nostalgia e infamia. La casa vacía.
Me paro, camino, me siento al borde del camino, y recuerdo entre sueños tu aroma a tabaco, tus labios salvarme.
Tan lejos tus manos de las mías,
me desvanezco y no puedo respirarte.
3 de diciembre de 2008 a las 1:07
no es que espere gestos..
pero solo de palabras no vivo!
5 de diciembre de 2008 a las 18:13
Conozco tu viaje.. tu huída.
La maleta iba llena de miedos
Y yo era parte del todo
ese quedaba atrás esperando noticias..
ja
(Un rostro anclando la mirada vacía siempre ha sido inspirador para mi)